Estamos a pocos días, horas ya, de cruzar el mítico Cabo de Hornos. Llegar a este punto significa para mí hacer cumbre, llegar al punto más alto del recorrido. Pero todos sabemos que después de la cumbre hay que bajar, y nuestra bajada no será rápida ni fácil. Nos esperarán cuatro semanas en el Atlántico hasta volver a casa, así que no nos podemos relajar. Como no lo hemos hecho en estas últimas 24 horas, cuando hemos sido el barco más rápido de los 12 que seguimos, con 295 millas recorridas.
Cruzar Hornos va a significar mucho para mí. Salir del Gran Sur y dar por cerrada esta fría etapa del recorrido será una gran cosa (el frío y yo no nos llevamos muy bien). Poner rumbo al Norte y apuntar a Barcelona significará que definitivamente estamos de vuelta. Para ese día tengo guardado un pendiente que mis padres dejaron escondido en el barco para el día de Reyes (como la tradición manda,cuando cruzas el cabo te debes poner un aro en la oreja, y así lo haré).
A veces pienso cuando mis padres me llevaban con tan solo cuatro años en su velero. A mí no me gustaba, me aburría, me mareaba... solo quería llegar a puerto para jugar o para ir a una cala a bañarme y a jugar. Estoy convencida de que nunca se imaginaron que acabarían comprando un pendiente a su hija para cuando cruzara Hornos, pero la vida está llena de sorpresas y el mar entró en mi vida desde muy pequeña y muy lentamente, y como más años pasan más difícil se me hace pensar en una vida lejos del mar.
Aun así, tengo mis momentos en los que me pregunto cómo me he metido en este percal. Por ejemplo, esta semana nos pasó un frente por encima, bastante viento, lluvia y frío, y el piloto automático del barco dejó de funcionar justo cuando estábamos las dos dentro de la cabina. Bueno, pues el barco quedó sin control y rompimos varias cosas, se nos fueron velas al agua, las dos nos quedamos empapadas y muertas de frío intentando salvar las velas que cayeron por la borda. Y en esos momentos miras a tu alrededor y piensas: «¿qué demonios estoy haciendo aquí?». La situación es surrealista, estás en medio de un océano donde no hay absolutamente nadie ni nada, y estás allí intentando luchar contra unas olas y unas condiciones de lo más hostiles. Y no te queda más remedio que salir de esa.
No sé cómo explicarlo, pero cuando superas la situación empiezas a encontrarle más sentido a todo, y al menos sientes una gran satisfacción de que todo vuelva a la normalidad . Es entonces cuando te das cuenta de que las cosas que más nos deberían preocupar son lo más básico de la vida y se te van las preocupaciones propias de una vida más vacía en la ciudad, y esto a mí me hace sentir bien porque me hace sentir viva.
Delegada de la igualdad y la mujer
SIEMENS, S.A. Oficina Regional Barcelona
Lluis Muntadas, 5
Cornella de Llobregat (Barcelona)
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