La vida fue tan generosa como dura con Elizabeth Taylor. Ella le devolvió favores y dolor. Durante 79 años, vivió y sufrió con una intensidad de película, porque, como dijo Joseph Mankiewick, «para ella vivir la vida era como interpretar». Amó apasionada y escandalosamente. Conquistó la fama y la puso a trabajar, convirtiéndose en 1985 en pionera de la lucha contra el sida. Libró públicamente batallas como las de sus adicciones y su sobrepeso. Y hasta cuatro veces miró de frente a la muerte, pero sus ojos violetas debieron derretir a la negra dama. Hasta ayer.
A los 9 años, se había puesto por primera vez frente a una cámara. Entonces, un director de casting dijo: «La niña no tiene nada». No vio que de esa pequeña saldría una estrella, una mujer cuya belleza iba, como diría después su dos veces esposo Richard Burton, «más allá de los sueños de la pornografía».
Nunca quiso Taylor ser un símbolo sexual. Es más, llegó a decir que prefería ser símbolo de «una mujer que comete errores, quizá, pero una mujer que ama». Y vaya si amó. Frank Sinatra, Henry Kissinger y Malcom Forbes fueron de los pocos amantes con los que no llegó al altar. Porque ocho veces hizo ese viaje: la primera con solo 18 años, con el alcohólico y abusivo magnate hotelero Conrad Hilton. La segunda, con un hombre 20 años mayor (Michael Wilding) y la tercera con Mike Todd, fallecido en un siniestro de avión (el Lucky Liz, quizá razón para que ella odiara el diminutivo).
Con el consuelo llegó el escándalo y Taylor se casó con Eddie Fisher (que dejó a Debbie Reynolds). Y luego, en el rodaje de Cleopatra, además del primer cheque a una actriz por un millón de dólares, llegó el encuentro con Burton y, con él, no solo los excesos de diamantes y van goghs sino también la gran pasión, una que provocó denuncias del Vaticano y hasta el intento de un congresista de vetar su entrada a EEUU.
Fue también consorte de un político, John Warner, junto al que se convirtió en «la persona más solitaria del mundo» y se sumió en una depresión. Y fue en una de sus visitas a la clínica de Betty Ford donde conoció a su último esposo, el obrero Larry Fortensky, con el que se casó en Neverland, el rancho de su gran amigo Michael Jackson.
Adicción a los barbitúricos
Como este, Taylor tuvo serios problemas de adicción a barbitúricos facilitados por doctores de su entorno, pero ella tenía cierta justificación. Pasó al menos 70 episodios de enfermedades, lesiones y accidentes: desde disentería hasta flebitis y cáncer de piel. Seis semanas antes de ganar su primer Oscar se le practicó en su Londres natal una traqueotomía. En 1997 se le extirpó un tumor cerebral benigno. Y en el 2004 reconoció los problemas de corazón.
«Todo me ha sido dado: la belleza, la fama, la riqueza, los honores, el amor… –dijo antes de su 60 aniversario–. He pagado por esa suerte con desastres». «Soy un ejemplo viviente de lo que la gente puede pasar y sobrevivir –diría cinco años depués–. No soy como nadie. Soy yo».
Delegada de la igualdad y la mujer
SIEMENS, S.A. Oficina Regional Barcelona
Lluis Muntadas, 5
Cornella de Llobregat (Barcelona)
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