"Las mujeres no son un colectivo, ni
un grupo de interés, ni un grupo de
riesgo, no son la masa crítica sino que
conforman la mitad de la humanidad".
Habrá retroceso de derechos de ciudadanía si se imponen las tesis de los Gobiernos conservadores y reac
cionarios, encabezados en Europa por Alemania y España -la señora Merkel y el señor Rajoy-, mediante sus políticas económicas, fiscales y laborales que empujan a las trabajadoras en dirección al hogar. Porque en su ideario político sostienen que las mujeres nunca debieron salir de él, y las convierten así en el conflicto. Las mujeres han pretendido la igualdad de derechos intentando ocupar los mismos espacios que los varones, algo que, según estos gobernantes, no puede ser.
Con las mujeres en el hogar, según ellos, se acaba el conflicto de repartir equitativamente lo que hay
en empleo, en protección social y en servicios públicos. Ambos Gobiernos -y los partidos conservadores que los sustentan- están eliminando recursos a la educación, a la sanidad, a la cultura, a las políticas para la igualdad, a la lucha contra la violencia de género y a los derechos reproductivos y de educación sexual con el objetivo de retirar a las mujeres del ámbito público y recluirlas en la privacidad del hogar.
Muchas sindicalistas, trabajadoras, políticas, feministas y progresistas continúan explicando que sin las mujeres no hay solución y que no es posible un futuro de retorno a la domesticidad, al hogar. El hogar ha de
ser un espacio donde se reparten responsabilidades, donde se comparte la vida, una vida libre de violencia machista. En ningún caso el hogar ha de ser para las mujeres un lugar para doblegarse o para convertirse en subsidiarias de un varón empleado, asalariado, jefe, político, sindicalista... Varón público, sujeto social
y económico, frente a mujer privada de la libertad, de la socialización y, por tanto, de la vida pública, económica y cultural. Las mujeres han decidido, ya hace tiempo, avanzar en igualdad y unirse y apoyarse
para formar parte de la escena de la vida pública y de la sociedad, contando con derechos e igualdad en relación a los varones.
Porque hoy, como siempre, toca repartir lo que hay, superar, compartir y crear para prevenir la mayor de las injusticias a la salida de esta crisis: dejar a las mujeres fuera del empleo, de la economía, de la política, del derecho a la prestación de servicios públicos. Se exige a las mujeres (geniales gobernantas, repartidoras y compartidoras) que aporten su fuerza de trabajo no retribuido, supliendo así los servicios que el Estado
debería garantizar a la ciudadanía. Las mujeres se convierten en prestadoras de servicios y cuidados propios de los tiempos de beneficencia.El poder -que sostuvo la economía especulativa y el crecimiento financiero
que condujo a esta crisis- adoptó la apariencia de ser “igualitario” entre mujeres y hombres.
La política “parecía” más igualitaria e incluso invitó a las mujeres a participar, eso sí, en la mayoría de los
casos, sólo para aparecer en las fotos. Ahora, los Gobiernos han decidido que toca recortar, suprimir. El Gobierno del PP ha comenzado por eliminar hasta la formalidad de tener Gobiernos paritarios sólo pasan las que son iguales a ellos. La pretensión de la ley de igualdad (de 2007) de eliminar los obstáculos que
impiden la igualdad efectiva de mujeres y hombres, quedará en un segundo plano a la vista de los hechos, ya que se están eliminando de las cuentas públicas todas las medidas que permitan su aplicación y desarrollo. Tampoco la ley contra la violencia sexista podrá ser efectiva, porque este Gobierno quiere retornar al paternalismo y a la sumisión obligada de las mujeres hacia los hombres. Se cierra el círculo de “no igualdad” con la vuelta a la penalización del aborto, apuesta del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón,
con las debidas bendiciones del presidente Rajoy. Al igual que su colega Erdogan, primer ministro de
Turquía, con su propuesta de prohibir abortar. Ser padre no tiene límites, libertad total, él decide. Ser
madre no puede ser libre, las mujeres están limitadas por políticos que deciden en su lugar.
Ahora las mujeres, las otras mujeres, la mayoría, las que han decidido decidir necesitan empoderarse colectivamente, ocupar las calles para reivindicar derechos y ser libres. Hay que tomar las plazas públicas para rechazar -por ser injustas con las mujeres, y, por tanto, con la Humanidad- las declaraciones
de los mandatarios mundiales del FMI, del BCE, del G-7, del G-20 y del Gobierno del Estado español que las apoya y asume. Porque sus promesas de igualdad van en sentido opuesto a las medidas que finalmente ponen en marcha.Del G-7 se pasó al G-20, pero no significó más igualdad entre las personas de todas las regiones del mundo que representan; más bien al contrario. Los más poderosos del planeta son más y más poderosos a costa de generar más desigualdad en la mayoría de los países del mundo. Sólo unos pocos países (casi todos europeos) están superando las brechas de desigualdad entre hombres y mujeres. Hay experiencia, se sabe cómo se pueden poner en marcha medidas y políticas igualitarias, ¡hagámoslas!
Las mujeres están reforzando su lucha creando plataformas y foros colectivos y plurales, para defender
el derecho al aborto, el derecho a decidir ser madres o no, a ser libres sin riesgo de perder el futuro en una
sociedad más justa, plural, igualitaria, más humana. Las mujeres no son un colectivo, ni un grupo de interés, ni un grupo de riesgo, no son la masa crítica sino que conforman la mitad de la humanidad. Las mujeres quieren gobernar y saben hacerlo, pero se necesita un poder más representativo, más participativo, más horizontal, más transparente, más plural, más igualitario, más ético y humano. Es necesario crear empleo en igualdad y de calidad, que cree riqueza social y de una sociedad donde existan servicios
dirigidos a la ciudadanía,Sin las reivindicaciones feministas en las agendas políticas, económicas y
sociales de los Gobiernos que mandan en el mundo; la hipotética salida de las crisis vendrá acompañada de una sociedad menos igualitaria, más empobrecida, menos humana, y democráticamente frágil.
"Se exige a las mujeres que aporten su fuerza
de trabajo no retribuido, supliendo así los
servicios que el Estado debería garantizar"
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